El perro invisible

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Sunday early morning , Edward Hooper

El día había empezado aún antes de acabar la noche.  Desde primeras horas de la mañana el sol caía en alevosía vertical.

Las sombras compactas y mínimas parecían diluirse y evaporarse al mismo tiempo con espejismos de carretera, aumentando el sopor con sensaciones de humedad. El ambiente era denso, volvía los movimientos  lentos y estrujaba los pulmones.

Tres manzanas más abajo y llegaría al mercado. El calor aplastaba los edificios y dilataba el camino. Las ventanas estaban cerradas  y el sonido de los ventiladores ensordecía los noticiarios del mediodía.

Sudaba, transpiraba líquidos últimos y los pelos mojados se le pegaban al cuerpo. Las moscas parecían estar borrachas,  las espantaba con las orejas mientras la lengua le caía y soltaba vapor.

Las patas se le quemaban,  no había agua en las alcantarillas. La calle parecía sorda de tanta mudez contenida

Todos sabíamos del perro invisible, a veces lo advertíamos en las lluvias por el agua rebotando a dos palmos  antes de llegar al suelo,  pero nunca hablábamos de él.

Lo sentimos pasar y detenerse ante la puerta, a pocos metros antes del mercado, el vapor de su hocico empañaba el cristal del único bar del pueblo que abría en un día como ese.

Un borrón  impreciso, el vaho que se condensaba desde la acera, marcaba la escuálida figura que nunca habíamos visto.

No nos dimos cuenta de cuándo nos dejamos de escuchar. Un señor muy mayor se aclaró la garganta, y movió la silla como buscando acomodo. El hombre de la mesa siguiente  se acicaló la barba con gestos infantiles intentando llamar la atención de los niños de la mesa del frente.

El perro seguía ahí,  enturbiando los cristales.  Parecía tabalearse y sentimos su cabeza dando contra la puerta con un sonido hueco.

Hubo entonces un acuerdo tácito no pronunciado.

El cantinero abrió la puerta para tirar los cartones a la calle,  de par en par, atascada con una silla para poder salir  cada vez con las manos ocupadas. La señora de la primera mesa  derramó confusa su limonada. El joven que la acompañaba,  mientras le ayudaba a  retirar el mantel,  volcó  torpemente una  jarra de agua sobre el suelo.

Un hombre con bigotes,  al cerrar su periódico tiró  un plato de carnes braseadas disculpándose  puerilmente y buscando con su mirada al cantinero para  aquel entonces  había decidido fumarse un cigarro  en la calle.

Dos niños comenzaron a gritar mientras peleaban  por un helado,  ahogando en el silencio los ansiosos  lamidos contra el suelo.

Miramos todos  hacia la calle.

El sol parecía caminar avenida abajo.

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